Cuando el dolor de espalda se convierte en parte de la propia identidad: por qué el dolor crónico tiene raíces más profundas de lo que se cree

A menudo empieza con un movimiento totalmente cotidiano: uno se inclina hacia delante, se levanta de la silla o gira el torso. De repente, vuelve a aparecer: ese dolor punzante en la zona lumbar. Quien padece dolor de espalda crónico no solo conoce esa sensación física. A menudo se suma algo más: el miedo al próximo ataque de dolor, la inseguridad al moverse y la constante sensación de no poder confiar ya plenamente en el propio cuerpo. Pero, ¿por qué el dolor de espalda puede alterar tanto la forma de vivir de una persona?

Un nuevo estudio realizado por investigadores de la Universidad de California en San Diego ofrece una explicación notable al respecto. Los científicos descubrieron que los brotes de dolor provocados por el movimiento en personas con dolor de espalda crónico activan una red concreta del cerebro, precisamente aquella que está estrechamente relacionada con nuestra imagen de nosotros mismos, nuestros recuerdos y nuestra experiencia interior. Los resultados abren una nueva perspectiva sobre el dolor crónico.

Cuando el cerebro asocia el dolor con el propio yo

El estudio se centra en la denominada «red por defecto» (Default Mode Network, DMN), también conocida como red de reposo o red del yo del cerebro. Esta red se muestra especialmente activa cuando nos centramos en nosotros mismos: cuando reflexionamos sobre nuestro pasado, evocamos recuerdos, nos planteamos nuestro futuro o nos enfrentamos a nuestros sentimientos y a nuestra identidad personal.

Normalmente, esta red se comporta de forma diferente ante el dolor agudo. Por ejemplo, cuando nos quemamos con una superficie caliente, el cerebro centra su atención en el estímulo doloroso inmediato. En ese momento, la actividad de la Red por Defecto suele disminuir. Sin embargo, en personas con dolor lumbar crónico, los investigadores observaron algo sorprendente: si el dolor se desencadenaba por un movimiento, la actividad de esta red aumentaba. Esto no significa que el dolor sea imaginario. Más bien, el hallazgo apunta a que el dolor crónico se procesa en el cerebro de una manera diferente a como se procesa un estímulo doloroso de corta duración. Parece estar más vinculado a aquellos procesos cerebrales que dan forma a nuestra experiencia personal.

Un movimiento… y, de repente, el miedo vuelve a aparecer

Para el estudio se evaluó a 114 personas con dolor crónico en la zona lumbar. Mediante un método especial de resonancia magnética funcional, los científicos observaron los cambios en el riego sanguíneo del cerebro. Entre otras cosas, los participantes realizaron una prueba clínica de elevación de la pierna, que en determinados pacientes puede provocar dolor de espalda. Además, se aplicó un estímulo térmico desagradable en la pantorrilla para estudiar otra forma de dolor.

El resultado fue revelador: durante el dolor lumbar provocado por el movimiento, la red por defecto se volvió más activa. En cambio, ante el estímulo térmico agudo se observó la disminución habitual de su actividad. Además, los investigadores encontraron conexiones más fuertes entre esta red y la corteza somatosensorial en personas con dolor de espalda crónico especialmente pronunciado. Esta zona del cerebro participa, entre otras cosas, en el procesamiento de las sensaciones corporales. Los resultados sugieren que el dolor de espalda crónico no se procesa de forma aislada como una señal física. Más bien, los recuerdos, las expectativas y las experiencias personales también pueden influir en la percepción del dolor.

Por qué el dolor crónico puede afectar a toda la vida

Quien vive con dolor durante un tiempo prolongado suele entrar en un círculo vicioso. Un movimiento ha provocado una vez un dolor intenso. Al volver a intentarlo, ya surge la preocupación de que pueda volver a ocurrir. Uno se mueve con más precaución, evita determinadas actividades y observa su propio cuerpo cada vez con mayor atención. Con el tiempo, la vida puede organizarse cada vez más en torno al dolor.

Dar un paseo se convierte en una cuestión de sopesar riesgos. Llevar una bolsa de la compra genera inseguridad. Ya no se planifica como algo habitual un viaje largo en coche. Incluso las actividades más agradables pueden ir acompañadas de la duda de si la espalda volverá a dar problemas después.

El dolor ya no está presente solo en el momento en que realmente se produce. También el recuerdo de episodios de dolor anteriores y la expectativa de molestias futuras pueden influir en la vida cotidiana.

Es precisamente aquí donde el nuevo descubrimiento cobra interés: si, durante los brotes de dolor crónico, el cerebro activa una red relacionada con la propia imagen de uno mismo, esto podría explicar por qué las personas afectadas suelen percibir su dolor como parte de su situación vital en su conjunto.

Por qué los analgésicos por sí solos pueden no ser suficientes

Estos nuevos hallazgos también podrían explicar por qué el tratamiento del dolor lumbar crónico suele ser tan complicado. Mientras que el dolor agudo suele tener una causa física concreta y desaparece al cabo de un tiempo, el dolor crónico puede convertirse en un proceso complejo en el que intervienen no solo el cuerpo, sino también el cerebro. Los analgésicos clásicos actúan principalmente sobre el procesamiento físico del dolor. Pueden inhibir la inflamación, influir en la transmisión de las señales de dolor y aliviar las molestias. Sin embargo, en el caso del dolor crónico, esto no siempre es suficiente. Y es que, con el tiempo, los procesos de procesamiento en el sistema nervioso también pueden cambiar. Las experiencias de dolor anteriores, los miedos y la expectativa de nuevos episodios de dolor influyen cada vez más en la forma en que el cuerpo reacciona ante determinados movimientos.

Por ejemplo, quien haya experimentado dolor con frecuencia al agacharse puede desarrollar un miedo inconsciente precisamente a ese movimiento. El cuerpo se tensa, la atención se centra cada vez más en posibles molestias y se evitan cada vez más los movimientos. Así puede surgir un círculo vicioso de dolor, tensión, inseguridad y comportamiento de protección. Esto no significa en absoluto que los dolores sean imaginarios. Son reales. Más bien pone de manifiesto lo estrechamente vinculadas que están las sensaciones corporales y su procesamiento en el cerebro. La capacidad del cerebro para modificarse a través de las experiencias se denomina neuroplasticidad.

En el caso del dolor crónico, estos procesos de adaptación pueden contribuir a que el sistema nervioso reaccione de forma más sensible ante determinados estímulos. Por ello, puede resultar conveniente basar el tratamiento en varios pilares. Además de un tratamiento farmacológico adaptado a cada caso, la fisioterapia, el ejercicio físico específico, la terapia psicológica del dolor y los ejercicios de atención plena pueden ser componentes importantes. Entre otras cosas, ayudan a desarrollar la resistencia física, a reducir el miedo al ejercicio y a desarrollar una actitud más relajada ante las molestias.

No se trata de sustituir las causas físicas por medidas psicológicas. Más bien, se debe considerar a la persona en su totalidad. Y es que, en el caso del dolor lumbar crónico, el objetivo del tratamiento no debe consistir únicamente en reducir la intensidad del dolor. Es igualmente importante recuperar la confianza en el propio cuerpo, volver a participar de forma más activa en la vida y dejar de permitir que el dolor determine la vida cotidiana.

¿Puede la atención plena cambiar la relación con el dolor?

En este contexto, resultan especialmente interesantes los enfoques de investigación que se centran en el efecto de la atención plena. La meditación de atención plena tiene como objetivo percibir conscientemente los pensamientos, los sentimientos y las sensaciones corporales sin reaccionar de inmediato con miedo, juicio o resistencia. Esto no significa simplemente aceptar el dolor o ignorarlo. Se trata más bien de modificar la reacción automática ante una sensación desagradable. Quien, por ejemplo, percibe una sensación de dolor, no tiene por qué caer inmediatamente en la espiral mental de preocupación, tensión y expectativas negativas.

Por ello, el equipo de investigación dirigido por Fadel Zeidan está estudiando si la atención plena puede influir en los procesos cerebrales que intervienen en la conexión entre el dolor y la experiencia personal. En este contexto, también se está investigando científicamente la psilocibina. Se trata de posibles cambios en aquellos procesos cerebrales que relacionan el dolor con experiencias pasadas y expectativas futuras. Sin embargo, es importante señalar que estos enfoques de investigación aún se encuentran en fase de estudio. De los resultados disponibles no se puede deducir ni una eficacia contrastada para el tratamiento del dolor lumbar crónico ni una recomendación terapéutica general.

El dolor es real, pero es más que una señal física

Quizá uno de los mensajes más importantes de esta investigación sea algo que muchas personas con dolor crónico ya saben desde hace tiempo por experiencia propia: el dolor no afecta solo a la zona en la que se origina. Influye en los pensamientos, los sentimientos, el comportamiento, las relaciones y la percepción de la propia calidad de vida.

El nuevo estudio pone de manifiesto lo estrechamente relacionadas que pueden estar las sensaciones físicas y los procesos cerebrales. Aporta una prueba científica más de que el dolor crónico no debe entenderse exclusivamente como un problema mecánico o físico.

Esto abre nuevas perspectivas para la futura investigación sobre el dolor. Es posible que, en el futuro, los enfoques terapéuticos tengan aún más en cuenta cómo experimentan las personas su dolor, qué expectativas asocian a él y cómo pueden recuperar la confianza en su propio cuerpo a pesar de las molestias.

Y es que el objetivo real de un tratamiento eficaz del dolor no debería limitarse únicamente a reducirlo. También debería consistir en devolver a las personas parte de su libertad de movimiento, su autonomía y su calidad de vida. A veces, una nueva forma de afrontar el dolor crónico comienza por comprender que, aunque el dolor forme parte de la propia experiencia, no tiene por qué determinar la propia identidad.

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