Una nueva perspectiva sobre el envejecimiento: lo que los daños en el ADN y la alimentación nos revelan sobre nuestro cuerpo

El envejecimiento no puede reducirse a un único mecanismo. A lo largo de la vida, numerosos sistemas biológicos cambian simultáneamente. El material genético se daña y se repara, el sistema inmunitario reacciona ante los cambios, el metabolismo se adapta y diversos órganos pierden parte de su funcionalidad con el paso del tiempo. La relación entre estos procesos es una de las cuestiones centrales de la investigación moderna sobre el envejecimiento.

Dos trabajos de investigación publicados en 2026 aportan nuevas pistas al respecto, aunque desde perspectivas muy diferentes. El primero, realizado por un equipo internacional liderado por investigadores de la Universidad Hebrea de Jerusalén, analiza el papel del sensor inmunológico cGAS en las enfermedades provocadas por defectos en la reparación del ADN. El segundo trabajo, realizado por investigadores de la Universidad de Sídney, aborda la cuestión de si una estimación de la edad biológica basada en biomarcadores puede modificarse mediante un cambio en la alimentación a corto plazo. Los estudios no comparten el mismo objetivo de investigación ni demuestran un mecanismo común. Más bien, arrojan luz sobre dos aspectos distintos del envejecimiento biológico: la reacción del organismo ante el daño en el ADN y la cuestión de cómo determinados marcadores fisiológicos de la edad pueden modificarse mediante la alimentación.

Cuando el daño en el ADN desencadena una reacción inmunitaria

Nuestro genoma está constantemente expuesto a diversas agresiones. Por ello, las células cuentan con un complejo sistema para detectar y reparar los daños en el ADN. En enfermedades raras como la ataxia-telangiectasia y el síndrome de Bloom, algunas partes de estos sistemas de reparación no funcionan correctamente. Esto puede dar lugar a inestabilidad genómica. Entre las posibles consecuencias se encuentran, entre otras, alteraciones en las neuronas, envejecimiento celular prematuro y una función limitada de diversos tejidos.

El nuevo estudio de la Universidad Hebrea de Jerusalén investigó si los daños en el material genético son los únicos responsables de esta evolución, o si la reacción del sistema inmunitario también desempeña un papel importante.  En este contexto, el protagonismo recae en la molécula cGAS. Esta molécula forma parte de la defensa inmunitaria innata. Detecta el ADN que se encuentra en lugares inusuales dentro de una célula y, a raíz de ello, puede desencadenar una reacción inmunitaria a través de la vía de señalización cGAS-STING. Este mecanismo suele ser beneficioso. Si, por ejemplo, hay ADN viral en una célula, su detección puede contribuir a desencadenar una reacción defensiva. Sin embargo, cuando la reparación del ADN se ve alterada, el ADN propio del organismo puede pasar del núcleo celular al interior de la célula. Para el sensor, puede parecer entonces similar al ADN extraño. Se produce, por así decirlo, una falsa alarma biológica.

Un mecanismo de protección puede convertirse en un problema

Si el cGAS se activa por este tipo de fragmentos de ADN, pueden desencadenarse procesos inflamatorios, aunque no exista ninguna infección. A esta inflamación se la denomina «inflamación estéril». El problema surge sobre todo cuando este estado no es solo de corta duración. Una respuesta inmunitaria activada de forma permanente puede llegar a suponer una carga para las células y los tejidos. Por ello, los investigadores estudiaron qué consecuencias tiene la inactivación de cGAS en modelos de trastornos de la reparación del ADN.

Para ello, utilizaron el pez turquesa de vida corta (Nothobranchius furzeri), un organismo modelo que se emplea en la investigación sobre el envejecimiento. Los investigadores crearon en él modelos de ataxia-telangiectasia y del síndrome de Bloom.

En el modelo de ataxia-telangiectasia, la inactivación genética de cGAS provocó, entre otras cosas, una atenuación de determinados rasgos de la enfermedad. Se observaron mejoras en la función de la línea germinal, en los rasgos de envejecimiento celular del hígado y en la neuroinflamación del cerebelo.

Además, los investigadores encontraron indicios de una mayor estabilidad genómica, entre ellos una menor presencia de micronúcleos, así como mejoras en determinadas características de los telómeros y la heterocromatina.

El cGAS podría no influir únicamente en la inflamación

Resulta especialmente interesante que los investigadores no consideren al cGAS exclusivamente como un desencadenante de una reacción inmunitaria. Sus resultados sugieren que la molécula también podría estar relacionada directamente con los mecanismos de estabilidad genómica y reparación del ADN. Esto da lugar a un panorama más complejo. En caso de daño grave en el ADN, los fragmentos de ADN pueden desencadenar una reacción inmunitaria. Al mismo tiempo, en determinadas condiciones, cGAS también podría influir en procesos que son importantes para mantener la estabilidad genómica.

Por lo tanto, el estudio describe una función de cGAS que depende del contexto: en células con determinados defectos en la reparación del ADN, el sensor puede contribuir al desarrollo de enfermedades, mientras que, en condiciones normales, cGAS cumple funciones importantes.

Esta distinción es decisiva. De los resultados no se puede deducir que el cGAS sea, en principio, una molécula dañina ni que una supresión lo más intensa posible de este sensor ralentizaría el envejecimiento en los seres humanos. Al contrario: los autores subrayan que la pérdida de cGAS en un entorno biológico por lo demás sano puede afectar negativamente a la estabilidad genómica y a otras características.

Por qué los resultados son interesantes para futuras terapias

No obstante, el estudio abre una posible nueva vía para el tratamiento de determinados trastornos de la reparación del ADN. Hasta ahora, lo más lógico era considerar que el propio daño en el ADN era el problema principal. Los nuevos resultados sugieren que la reacción del organismo ante dicho daño también podría ser relevante desde el punto de vista terapéutico.

En lugar de tener que reparar cada daño en el ADN por separado, en determinadas enfermedades podría ser conveniente limitar de forma selectiva la activación inmunitaria nociva resultante. Sin embargo, aún queda un largo camino por recorrer hasta llegar a un tratamiento de este tipo.

En particular, hay que tener en cuenta que el cGAS forma parte de la defensa inmunitaria normal. Por lo tanto, un bloqueo excesivo podría afectar a la capacidad del organismo para detectar determinadas infecciones.

Además, los resultados proceden en su mayoría de un modelo animal. En estudios posteriores deberá aclararse si los efectos observados pueden extrapolarse a personas con trastornos de reparación del ADN.

Un segundo estudio se centra en la alimentación y la edad biológica

Mientras que la investigación sobre el cGAS se centra en los daños genéticos y el sistema inmunitario, un equipo de investigación de la Universidad de Sídney estudió un factor de influencia mucho más cotidiano: la alimentación. El estudio, publicado en la revista especializada *Aging Cell*, analizó datos de 104 personas de entre 65 y 75 años. En el marco de una intervención nutricional aleatoria, se asignó a los participantes cuatro regímenes alimenticios diferentes.

No se limitó a estudiar simplemente si un determinado régimen alimenticio era saludable o no. Los investigadores querían saber si las diferencias en la fuente de proteínas y en la proporción de grasas y hidratos de carbono podían modificar un determinado valor de edad basado en biomarcadores.

El término «edad biológica» puede dar lugar fácilmente a malentendidos. La edad cronológica es inequívoca: corresponde al número de años transcurridos desde el nacimiento. La edad biológica, por el contrario, es un valor estimado. Su objetivo es describir, a partir de diversos parámetros físicos, cómo se puede clasificar el estado fisiológico de una persona en relación con su edad cronológica.

En el estudio, los investigadores utilizaron para ello el denominado método Klemera-Doubal (KDM). Este combina varios biomarcadores para obtener un valor estimado estadístico.  Entre los parámetros utilizados se encontraban, entre otros, valores relacionados con el metabolismo, el sistema cardiovascular y la inflamación. Por lo tanto, el resultado no es un «medidor de edad» directo ni una prueba de que todos los procesos de envejecimiento del organismo se desarrollen más rápido o más lento.

Se compararon cuatro regímenes alimenticios

Los participantes siguieron cuatro regímenes alimenticios diferentes. El porcentaje de proteínas se fijó en todos los grupos en el 14 % de la energía total. Dos grupos siguieron una dieta omnívora, en la que aproximadamente la mitad de las proteínas procedía de fuentes animales. Los otros dos grupos siguieron una dieta semivegetariana, en la que el 70 % de las proteínas procedía de fuentes vegetales. Además, se distinguió entre una dieta más rica en grasas y más baja en hidratos de carbono y otra más baja en grasas y más rica en hidratos de carbono.

De este modo se formaron cuatro grupos:

  • omnívora (alimentos tanto vegetales como animales) y rica en grasas
  • omnívoro y rico en hidratos de carbono
  • semivegetariano y rico en grasas
  • semivegetariano y rico en hidratos de carbono

La dieta se llevó a cabo durante un periodo de cuatro semanas; los alimentos utilizados se proporcionaron a los participantes en el marco de la intervención controlada.

Al cabo de cuatro semanas se observaron cambios cuantificables

La observación más interesante fue que el valor de edad basado en el KDM varió en varios grupos. El grupo con dieta omnívora y rica en grasas no mostró ningún cambio relevante con respecto al valor inicial. Este tipo de alimentación era, al mismo tiempo, el que más se asemejaba a la dieta a la que estaban acostumbrados los participantes antes del inicio de la intervención.

En comparación, el grupo omnívoro con una dieta más rica en hidratos de carbono mostró una reducción estadísticamente significativa de la diferencia de edad basada en el KDM. Los dos grupos semivegetarianos también mostraron cambios similares en comparación con el grupo omnívoro con dieta rica en grasas, aunque no todos los resultados fueron estadísticamente significativos.

La dieta más rica en hidratos de carbono aportaba un 14 % de la energía procedente de las proteínas, entre un 28 % y un 29 % de las grasas y un 53 % de los hidratos de carbono. Así, el estudio demostró que un valor de edad basado en biomarcadores en personas mayores puede reaccionar de forma apreciable tras un cambio en la alimentación de tan solo cuatro semanas.

Esto no significa que las personas se vuelvan más jóvenes en cuatro semanas

Aquí radica la limitación más importante del estudio. Los propios investigadores advierten de que no se debe equiparar el cambio observado con una reversión real del proceso de envejecimiento. Una de las razones es que los biomarcadores utilizados no solo se ven influidos por el proceso de envejecimiento a largo plazo, sino que también reaccionan ante cambios fisiológicos actuales.

Si, por ejemplo, los valores metabólicos o inflamatorios cambian en un breve periodo de tiempo, esto también puede alterar un valor de edad compuesto. Esto puede ser biológicamente relevante, pero no tiene por qué significar que se haya modificado la velocidad de envejecimiento a largo plazo. Por ello, los autores se expresan deliberadamente con cautela: la intervención de cuatro semanas demuestra que el valor de edad basado en el KDM reacciona a los cambios en la alimentación. Queda por ver si esto da lugar realmente a un cambio a largo plazo en los procesos de envejecimiento.

Lo que revelan ambos estudios sobre el envejecimiento

Ambos trabajos de investigación analizan distintos niveles de la biología. El estudio sobre el cGAS se centra en la inestabilidad genética, la reparación del ADN y las reacciones inmunitarias. El estudio nutricional, por su parte, examina los cambios en un perfil complejo de biomarcadores fisiológicos. No obstante, se desprende una perspectiva común interesante. El envejecimientono es un proceso estático.

El cuerpo reacciona continuamente ante daños, nutrientes, cambios metabólicos y otras tensiones. Algunas de estas reacciones pueden, al parecer, cambiar con relativa rapidez, mientras que otras reflejan procesos biológicos a largo plazo. En caso de alteraciones en la reparación del ADN, la respuesta inmunitaria ante el ADN dañado podría agravar la situación. En cuanto a la alimentación, a su vez, ciertos marcadores fisiológicos pueden variar en tan solo unas semanas. Sin embargo, esto no significa que la alimentación y el cGAS estén relacionados a través de un mecanismo común. Ninguno de los dos estudios aporta pruebas de ello.

La inflamación como posible factor común

No obstante, existe un interesante punto en común en lo que respecta a la inflamación. En la investigación sobre el cGAS, la activación errónea del sistema inmunitario innato desempeña un papel fundamental. Los procesos inflamatorios desencadenados por ello pueden contribuir a la manifestación de la enfermedad en los trastornos de reparación del ADN estudiados.

El estudio nutricional también tiene en cuenta los marcadores de inflamación dentro de su modelo de envejecimiento basado en biomarcadores. Sin embargo, el valor del KDM refleja varios ámbitos fisiológicos y no es simplemente un valor de inflamación puro.  Por lo tanto, no se puede deducir una relación directa entre ambos estudios. No obstante, los resultados dejan claro por qué los procesos inflamatorios desempeñan un papel importante en la investigación sobre el envejecimiento: forman parte de una red más amplia que abarca la función inmunitaria, el metabolismo, el daño celular y la homeostasis tisular.

Precisamente en la investigación sobre el envejecimiento biológico es importante distinguir entre un resultado de investigación interesante y un efecto clínicamente demostrado. En el caso del estudio sobre el cGAS, aún está por ver si las mejoras observadas en el modelo animal pueden trasladarse a las personas. Asimismo, debe investigarse si es posible influir de forma segura en la vía de señalización sin afectar a las defensas inmunitarias normales.

En cuanto al estudio nutricional, la cuestión principal es su relevancia a largo plazo. La intervención duró solo cuatro semanas. Por lo tanto, se desconoce si los cambios en el índice de edad basado en el KDM se mantendrán a lo largo de un período más prolongado. Tampoco se ha demostrado que, gracias a ello, los participantes desarrollen menos enfermedades relacionadas con la edad o vivan más tiempo.  Otros estudios con períodos de observación más prolongados deberán demostrar si los cambios a corto plazo están realmente asociados a beneficios para la salud a largo plazo.

Una visión cautelosa del tema del «rejuvenecimiento»

El término «rejuvenecimiento» resulta especialmente problemático en la investigación sobre el envejecimiento, ya que puede referirse a conceptos muy distintos. Un cambio en un biomarcador no es lo mismo que la recuperación de la función biológica de un órgano. Una mejora de los síntomas de una enfermedad en un modelo animal no equivale a una terapia probada en seres humanos. Y un valor de edad calculado más bajo tras un cambio en la alimentación no significa automáticamente que se haya revertido todo el proceso de envejecimiento.

Ambos estudios muestran, más bien, algo más sutil y científicamente más interesante: al parecer, es posible influir en determinados procesos relacionados con la edad y con el daño tisular. En uno de los estudios, esto se consigue mediante la modificación de una vía de señalización inmunitaria en un modelo de trastornos de la reparación del ADN. En el otro, mediante un cambio controlado en la alimentación y la posterior medición de biomarcadores fisiológicos. Si tales cambios conducen a más años de vida saludable a largo plazo es otra cuestión —y es precisamente esta cuestión la que debe responder la investigación futura—.

Qué significa esta investigación para el futuro

La investigación moderna sobre el envejecimiento se aleja cada vez más de la idea de que el envejecimiento sea simplemente un proceso inevitable en el que el daño se va acumulando progresivamente. En su lugar, se está investigando cómo interactúan entre sí los diferentes sistemas biológicos y qué procesos podrían modificarse.

La investigación sobre el cGAS demuestra que la reacción del organismo ante el daño en el ADN, en determinadas condiciones patológicas, puede contribuir por sí misma a la degeneración. El estudio nutricional muestra que ciertos marcadores fisiológicos del envejecimiento en las personas mayores pueden modificarse incluso en un breve periodo de tiempo.

Ambos resultados son interesantes, pero ambos tienen límites claros. Ninguno de los dos estudios ofrece una fórmula sencilla contra el envejecimiento. Sin embargo, muestran lo complejos que son los procesos biológicos que lo subyacen. El verdadero reto consiste ahora en averiguar qué cambios biológicos a corto plazo son relevantes a largo plazo. Porque, en última instancia, el envejecimiento saludable no consiste en hacer que un único valor de laboratorio parezca lo más bajo posible. Lo decisivo es que los tejidos sigan siendo funcionales durante más tiempo, que las enfermedades aparezcan más tarde y que las personas puedan disfrutar de más años con buena salud física y mental. Es precisamente aquí donde radica el siguiente paso de la investigación.

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