Comer por la noche: un estudio revela que el riesgo de padecer enfermedades hepáticas aumenta hasta un 30 por ciento

Quienes comen habitualmente a última hora de la noche, o incluso después de acostarse, podrían estar sometiendo a su hígado a un esfuerzo mayor a largo plazo de lo que se creía hasta ahora. Un amplio estudio realizado por investigadores estadounidenses apunta a que el momento en que se ingieren los alimentos podría estar relacionado con el riesgo de padecer enfermedades hepáticas. En este sentido, puede que lo decisivo no sea solo lo que comemos, sino también cuándo le aportamos alimento a nuestro cuerpo.

Los datos de estudios a largo plazo apuntan a una relación

Para muchas personas, tomar un pequeño tentempié antes de acostarse forma parte de la rutina diaria. Algunos toman algo dulce después de cenar, otros comen delante de la televisión o sacan un tentempié de la nevera a altas horas de la noche. Lo que a menudo se considera un hábito inofensivo está pasando ahora a ocupar un lugar más destacado en la investigación médica.

Científicos de la Universidad de Salud y Ciencias de Oregón (OHSU), en EE. UU., han investigado una posible relación entre las horas tardías de las comidas y un mayor riesgo de padecer enfermedades hepáticas. Sus resultados apuntan a que las personas que comen habitualmente después de la cena o poco antes de acostarse podrían padecer con mayor frecuencia determinadas enfermedades hepáticas. Según el estudio publicado en la revista especializada *Clinical Gastroenterology and Hepatology*, el riesgo observado en estas personas era entre un 20 % y un 30 % mayor que en aquellas que evitaban comer tarde. Los resultados plantean una cuestión importante: ¿podría influir en la salud del hígado el tiempo que transcurre entre la última comida y la hora de acostarse?

Para su estudio, el equipo de investigación analizó datos de tres amplios estudios de salud estadounidenses. Entre ellos se encontraban el Nurses’ Health Study, el Nurses’ Health Study II y el Health Professionals Follow-up Study. En total, se incluyeron en el análisis los datos de cerca de 200 000 personas. Los participantes habían facilitado información sobre sus hábitos alimenticios, su rutina diaria y otros factores relacionados con el estilo de vida. Los investigadores analizaron la relación entre los diferentes horarios de las comidas y las enfermedades hepáticas documentadas.

En este contexto, se centraron especialmente en la enfermedad hepática esteatótica de origen metabólico, conocida como MASLD. Anteriormente, esta enfermedad se conocía principalmente como «hígado graso no alcohólico». Además, los científicos analizaron la cirrosis hepática, en la que el tejido hepático sano se va sustituyendo progresivamente por tejido cicatricial. El análisis reveló una relación entre comer tarde de forma habitual y un mayor riesgo de padecer las enfermedades hepáticas estudiadas. Los participantes que comían después de la cena o poco antes de acostarse presentaban un riesgo entre un 20 % y un 30 % mayor que las personas del grupo de control que no tomaban esas comidas tardías.

Este hallazgo resulta especialmente interesante porque los investigadores no se centraron exclusivamente en la composición de la dieta. En su lugar, se centraron en otro factor influyente: el momento en que se ingieren los alimentos. No obstante, hay que tener en cuenta una limitación importante. Los resultados muestran una relación estadística, pero no demuestran que el hecho de comer tarde haya causado por sí mismo las enfermedades hepáticas. Tampoco se puede deducir de ello que toda persona que coma algo por la noche de vez en cuando tenga automáticamente un mayor riesgo de padecer estas enfermedades.

Por qué el hígado graso puede convertirse en un problema a largo plazo

El hígado desempeña numerosas funciones vitales. Procesa los nutrientes, regula el metabolismo, almacena energía y ayuda a mantener equilibrados los niveles de azúcar en sangre. Además, participa en el procesamiento de medicamentos y en la eliminación de diversos productos metabólicos. Si se acumula demasiada grasa en las células hepáticas durante un periodo prolongado, puede desarrollarse un hígado graso. A menudo, la enfermedad pasa desapercibida durante mucho tiempo, ya que, precisamente en sus primeras fases, no tiene por qué provocar síntomas claros. El hígado graso de origen metabólico está estrechamente relacionado con problemas metabólicos. Entre ellos se encuentran, entre otros, el sobrepeso, la resistencia a la insulina y la diabetes tipo 2. También pueden influir otros factores relacionados con la salud.

En una parte de los afectados, la acumulación de grasa se limita a un cuadro relativamente leve. En otros, se desarrolla además una inflamación que puede dañar el tejido hepático. A medida que la enfermedad avanza, pueden producirse cicatrices que, en última instancia, pueden conducir a una cirrosis hepática. La cirrosis es una enfermedad grave, ya que el tejido alterado puede afectar al funcionamiento normal del hígado. El riesgo de sufrir complicaciones graves aumenta cuando la enfermedad se encuentra en una fase muy avanzada. Sin embargo, los investigadores señalan que no todas las personas con hígado graso llegan a desarrollar esta evolución. Precisamente por eso es importante investigar a tiempo los posibles factores que influyen y encontrar medidas de prevención con base científica.

Un análisis sistemático de 37 ensayos controlados aleatorios , publicado en 2025 en la revista especializada BMC Medicine , aporta más indicios de que la alimentación desempeña un papel importante en la salud del hígado . Los investigadores analizaron diversos programas de alimentación y actividad física en personas con hígado graso de origen metabólico . En el caso de la dieta mediterránea, se observaron, entre otras cosas, mejoras en el peso corporal, el perímetro de la cintura y el nivel de la enzima hepática ALT, en comparación con los grupos de control . Los resultados sugieren que un cambio en la dieta puede contribuir al tratamiento del hígado graso . Sin embargo, la solidez de las pruebas varió en función del resultado estudiado , y no todos los cambios pueden evaluarse con la misma certeza .

El reloj biológico también influye en el metabolismo

¿Por qué podría ser precisamente la hora de una comida tan importante para el hígado? Una posible explicación radica en los denominados ritmos circadianos. Se trata de procesos biológicos que se rigen aproximadamente por el ciclo de 24 horas y que influyen en numerosas funciones corporales. Entre otras cosas, ayudan a coordinar el sueño, el estado de vigilia, la liberación de hormonas y el metabolismo. Este control interno del tiempo se asocia a menudo con el ritmo sueño-vigilia. Sin embargo, en realidad afecta a mucho más que a la simple cuestión de cuándo nos entra el sueño.

El hígado también cuenta con una marcada regulación biológica del tiempo. Sus procesos metabólicos varían a lo largo del día. Dependiendo de la fase biológica, el cuerpo procesa los nutrientes y regula el suministro de energía de forma diferente. Si las personas comen en un momento en el que el organismo ya se está preparando para el descanso nocturno, esto podría alterar el equilibrio entre la ingesta de alimentos, el aprovechamiento de la energía y el reloj biológico.

Esto no significa que el metabolismo se detenga por completo durante la noche. Más bien, sus procesos cambian. Por lo tanto, una comida tardía puede encontrarse con unas condiciones fisiológicas diferentes a las de la misma comida tomada durante el día. Los científicos sospechan que este desfase horario, si se produce de forma habitual, podría influir en la salud metabólica a largo plazo.

No solo la cantidad, sino también el momento en que se ingieren los alimentos podría ser importante

En lo que respecta al hígado graso, hasta ahora se ha prestado especial atención a los factores de riesgo conocidos. Entre ellos se encuentran, entre otros, el sobrepeso, un estado metabólico desfavorable y determinados hábitos alimenticios. El nuevo estudio centra la atención en otro posible factor: la distribución temporal de la ingesta calórica diaria. El autor principal del estudio, el Dr. Robert Wilechansky, hepatólogo y especialista en trasplantes de hígado de la OHSU, investiga cómo los horarios de las comidas podrían afectar a la salud del hígado. Su interés se despertó, entre otras cosas, a raíz de hallazgos previos sobre personas que trabajan por la noche. En el caso de los trabajadores por turnos, los horarios de sueño y de comida pueden desviarse considerablemente de los ritmos diurnos habituales. En este grupo de población también se han observado tasas más elevadas de diversos problemas metabólicos y cardiovasculares.

Estas observaciones ofrecen un posible punto de partida para futuras investigaciones. Cuando el sueño, el reloj biológico y la ingesta de alimentos dejan de estar bien sincronizados, podrían desarrollarse condiciones metabólicas desfavorables. Sin embargo, de los hallazgos sobre el trabajo por turnos no se puede deducir directamente que comer tarde tenga las mismas consecuencias para todas las personas. Los horarios de trabajo, la duración del sueño, la actividad física, la calidad de la alimentación y otros factores también pueden influir. No obstante, la denominada «crononutrición», es decir, la investigación de la relación entre la alimentación y el reloj biológico, está cobrando cada vez más importancia. Esta disciplina estudia cómo el momento en que se consumen las comidas podría influir en la asimilación de los nutrientes y en la salud.

¿Qué ocurre si comemos justo antes de acostarnos?

Después de una comida, el cuerpo debe procesar los nutrientes ingeridos. Los hidratos de carbono se utilizan, entre otras cosas, para obtener energía o se almacenan; las grasas se procesan y las proteínas se destinan a diversas funciones. Estos procesos también tienen lugar por la noche. Sin embargo, podría ser decisivo hasta qué punto se adaptan a los ritmos biológicos del cuerpo.

Si la ingesta de alimentos coincide habitualmente con la noche biológica, la regulación metabólica podría verse alterada de forma desfavorable. Estudios anteriores a los que se refieren los investigadores sugieren que comer durante la noche biológica puede afectar negativamente a la digestión de los alimentos. A su vez, estos cambios podrían estar relacionados con factores relevantes para el desarrollo del sobrepeso, la diabetes y otros trastornos metabólicos. Dado que el hígado desempeña un papel fundamental en el metabolismo, resulta lógico investigar con mayor detalle los posibles efectos sobre este órgano.

No obstante, hay que ser cautelosos a la hora de interpretar los resultados. El estudio actual no demuestra que una sola comida tardía dañe el hígado. Tampoco indica a partir de qué hora exacta comer resulta problemático ni cuántas horas deben transcurrir entre la cena y la hora de acostarse para obtener un beneficio para la salud. Además, la hora por sí sola no es necesariamente un indicador significativo. Para las personas que trabajan habitualmente hasta tarde o que tienen un ritmo de sueño alterado, la noche biológica puede coincidir con una hora diferente a la de quienes siguen una rutina diaria clásica.

Por qué los resultados aún no constituyen una prueba

Por muy interesantes que sean las observaciones, el estudio tiene sus limitaciones. La más importante se refiere al diseño del estudio. Se trataba de un estudio observacional. Los científicos analizaron los datos disponibles y compararon determinados patrones de comportamiento con los resultados de salud. No dividieron a los participantes en grupos según un diseño experimental controlado, en el que unos tuvieran que comer tarde y otros temprano. Por ello, los investigadores no pueden determinar con certeza si las horas tardías de las comidas fueron realmente las responsables del mayor riesgo.

Es posible, por ejemplo, que las personas que comen tarde también se diferencien en otros aspectos de su estilo de vida. Podrían dormir menos, trabajar por turnos con mayor frecuencia o tener otros hábitos alimenticios y de actividad física. También podrían influir en el resultado otros factores que no se tienen plenamente en cuenta en un análisis estadístico. Otra limitación es que los datos sobre los horarios de las comidas se basaban en la información facilitada por los participantes. Este tipo de datos autoinformados son útiles, pero pueden ser imprecisos. Además, los datos generales sobre las comidas tardías no siempre permiten saber cuál era el tamaño de las raciones, qué alimentos se consumieron o cuánto tiempo transcurrió realmente hasta la hora de acostarse.

Asimismo, la cifra del 20 al 30 por ciento debe interpretarse correctamente. Describe el riesgo relativo observado en el estudio y no supone automáticamente un aumento de entre 20 y 30 puntos porcentuales. Sin conocer los riesgos iniciales concretos, no es posible deducir cuántas personas más desarrollarían realmente la enfermedad. Por lo tanto, los resultados son un indicio de un posible factor de riesgo, pero aún no constituyen una base para afirmar que comer tarde conduzca inevitablemente a un hígado graso o a una cirrosis hepática.

Se prevé que un estudio clínico aporte más claridad

Para averiguar si las comidas más tempranas tienen realmente beneficios para el hígado, se necesitan más investigaciones. Serían especialmente importantes los estudios en los que se modifiquen de forma específica los horarios de las comidas y se midan posteriormente los efectos sobre la salud durante un periodo de tiempo determinado. Según datos de la universidad, Robert Wilechansky participa en un estudio clínico que aborda precisamente esta cuestión. Entre otras cosas, se pretende comprobar si adelantar la ingesta de alimentos a horas más tempranas del día puede producir mejoras cuantificables en personas que ya padecen hígado graso.

Este enfoque podría aportar conocimientos importantes, ya que permite registrar los horarios de las comidas de forma más directa y analizar los cambios de manera más específica. La cuestión central es si la salud del hígado mejora realmente cuando las personas toman su última comida más temprano, mientras que otros aspectos de su alimentación se mantienen lo más inalterados posible. Si se confirmaran los beneficios correspondientes en estudios controlados, el horario de las comidas podría desempeñar en el futuro un papel complementario en la prevención y el tratamiento de las enfermedades hepáticas de origen metabólico. Hasta entonces, sigue sin saberse cuál sería la magnitud de un posible efecto, qué personas podrían beneficiarse especialmente de ello y cuál sería el intervalo de tiempo adecuado entre la última comida y la hora de acostarse.

¿Qué conclusiones se pueden extraer ya hoy para la vida cotidiana?

Los resultados no son motivo de pánico si de vez en cuando te entra hambre a última hora de la noche. Tampoco justifican normas alimentarias estrictas que se apliquen por igual a todas las personas. Sin embargo, quien desee cuidar la salud de su hígado puede tener en cuenta algunas recomendaciones generales:

  • Intentar mantener horarios de comida regulares: un ritmo diario lo más constante posible puede ayudar a coordinar mejor las comidas y el sueño.
  • Evitar las comidas copiosas justo antes de acostarse, si es posible: quien suela cenar muy tarde puede intentar adelantar un poco la hora de la cena.
  • Prestar atención a la alimentación en su conjunto: la calidad y la cantidad de los alimentos ingeridos siguen siendo aspectos importantes para la salud metabólica. El horario por sí solo no sustituye a una alimentación equilibrada.
  • Dormir lo suficiente: un ritmo de sueño regular es un componente importante de un estilo de vida saludable.
  • Tomarse en serio los factores de riesgo conocidos: en caso de sobrepeso, diabetes o hígado graso ya diagnosticado, puede ser conveniente consultar a un médico y acordar medidas adecuadas de forma individualizada.

Estas recomendaciones son medidas generales para fomentar un estilo de vida saludable. No constituyen una prueba de que un horario de comida concreto pueda prevenir con certeza una enfermedad hepática. Las personas que, debido a su trabajo, tienen que comer tarde tampoco deben presionarse innecesariamente. Que los cambios en los horarios de las comidas tengan algún efecto, y en qué medida, puede depender de varios factores. La investigación aún debe aclarar qué ajustes aportan realmente beneficios para la salud y en qué situaciones.

El hígado podría reaccionar al ritmo de las comidas con mayor intensidad de lo que se pensaba

El estudio de la Universidad de Salud y Ciencias de Oregón amplía el debate sobre las causas y los posibles factores que influyen en las enfermedades hepáticas. Sus resultados sugieren que comer tarde de forma habitual podría estar asociado a un mayor riesgo de padecer determinadas enfermedades hepáticas. Una posible explicación es la estrecha relación entre el reloj biológico, el ritmo sueño-vigilia y las funciones metabólicas del hígado. Sin embargo, aún no se ha aclarado de forma concluyente si una última comida más temprana protege realmente al hígado.

Hasta que se disponga de más estudios, conviene interpretar los resultados como una indicación científica y no como una prueba definitiva. Para la salud del hígado, sigue siendo decisivo el panorama general: la alimentación, el ejercicio, el sueño y la situación metabólica individual deben considerarse de forma conjunta. Quizá en el futuro se demuestre que no solo la elección de los alimentos, sino también el momento en que se ingieren, desempeña un papel más importante para la salud a largo plazo. Por el momento, sigue siendo una cuestión de investigación sin resolver, pero que podría revestir una importancia considerable dada la amplia prevalencia de las enfermedades del hígado graso.

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