Osteoartritis: la mejor medicina para las articulaciones doloridas puede no ser la cirugía, sino el ejercicio

Las rodillas rígidas, las caderas doloridas y los dolores articulares persistentes suelen considerarse signos normales del envejecimiento. Pero la artrosis, la enfermedad articular más frecuente en el mundo, no se trata de acuerdo con los resultados reales de la investigación. Según los expertos, el mayor problema no es la falta de opciones terapéuticas, sino que no se utilizan los métodos más eficaces.

Por qué el ejercicio protege las articulaciones

El tratamiento más eficaz no se encuentra en un frasco de medicamentos ni en un quirófano. Es la actividad física. Está ampliamente reconocido como uno de los mejores tratamientos para las afecciones articulares de larga duración, como la artrosis. Sin embargo, sólo se prescribe a una minoría de pacientes. Estudios realizados en Irlanda, Reino Unido, Noruega y Estados Unidos muestran un patrón coherente. Menos de la mitad de las personas diagnosticadas de artrosis son remitidas a programas de ejercicio o fisioterapia por su médico de cabecera. Más del 60% reciben tratamientos no recomendados en las directrices clínicas y alrededor del 40% son remitidos a un cirujano antes de que se hayan explorado adecuadamente las opciones no quirúrgicas.

Para entender por qué esto es importante, conviene analizar cómo funcionan realmente las articulaciones. La artrosis es la forma más común de artritis y afecta ya a más de 595 millones de personas en todo el mundo. Un exhaustivo análisis publicado en The Lancet análisis exhaustivo estima que el número de personas con artrosis podría ascender a mil millones en 2050. La mayor esperanza de vida, el estilo de vida cada vez más sedentario y el aumento de las tasas de sobrepeso y obesidad contribuyen a este incremento. La actividad física regular no sólo alivia los síntomas. Puede disminuir biológica y físicamente el riesgo de desarrollar artrosis y reducir su gravedad.

El cartílago, el tejido liso que amortigua los extremos de los huesos, no tiene riego sanguíneo propio. Depende del movimiento para mantenerse sano. Al caminar o cargar peso sobre una articulación, el cartílago se comprime suavemente, forzando la salida del líquido. Cuando se libera la presión, vuelve a absorber el líquido, aportando nutrientes y lubricantes naturales. Cada paso ayuda a nutrir y mantener la articulación. Por esta razón, es engañoso describir la artrosis simplemente como un «signo de desgaste». Las articulaciones no son como los neumáticos, que se estropean inevitablemente con el tiempo. Por el contrario, la artrosis se entiende mejor como un largo proceso de degradación y reparación. El ejercicio regular desempeña un papel fundamental en la curación y el mantenimiento de la salud de la articulación en su conjunto.

La artrosis es una enfermedad de toda la articulación

La artrosis no sólo afecta al cartílago. Afecta a toda la articulación, incluido el líquido articular, los huesos subyacentes, los ligamentos, los músculos circundantes e incluso los nervios que controlan el movimiento. Los ejercicios dirigidos abordan simultáneamente muchos de estos componentes. La debilidad muscular es uno de los primeros signos de alerta de la artrosis, y el entrenamiento de fuerza puede ayudar a revertirla. Existen pruebas de que que unos músculos débiles aumentan tanto el riesgo de desarrollar artrosis como de que la enfermedad progrese más rápidamente.

Los programas de entrenamiento neuromuscular como GLA:D (Good Life with osteoArthritis: Denmark) se han desarrollado especialmente para personas con artrosis de cadera y rodilla. Estos programas suelen ofrecerse en sesiones de grupo supervisadas bajo la dirección de fisioterapeutas y se centran en mejorar la calidad del movimiento, el equilibrio y la fuerza. El objetivo es mejorar la estabilidad articular y recuperar la confianza en el movimiento. Los participantes en estos programas informan de un alivio significativo del dolor, una mejor función articular y una mejora de la calidad de vida que dura hasta 12 meses después de finalizar el programa.

El ejercicio tiene un efecto positivo en todo el cuerpo. Ha demostrado ser beneficioso para más de 26 enfermedades crónicas. En la artrosis, sus efectos van más allá del fortalecimiento de los músculos y el sostén del cartílago. También combate la inflamación, los cambios metabólicos y los cambios hormonales que contribuyen a la enfermedad.

Inflamación, obesidad y daño articular

La obesidad es uno de los principales factores de riesgo de la osteoartritis, y el motivo no es sólo el estrés adicional que soportan las articulaciones. El exceso de grasa corporal está relacionado con niveles más altos de moléculas inflamatorias en el torrente sanguíneo y en el tejido articular. Estas sustancias pueden dañar el cartílago y acelerar la progresión de la enfermedad. La actividad física regular ayuda a contrarrestar estos efectos a nivel nivel molecular contrarrestar. Puede disminuir los marcadores inflamatorios, reducir el daño celular e incluso influir en la expresión génica de forma que favorezca la salud articular. En los últimos años se ha demostrado que los mecanismos metabólicos e inflamatorios también desempeñan un papel fundamental. El tejido adiposo no es sólo un almacén pasivo de energía, sino un órgano hormonalmente activo que produce numerosas moléculas biológicamente activas. Entre ellas se encuentran las denominadas adipoquinas y citoquinas proinflamatorias, que pueden contribuir al desarrollo de un estado inflamatorio crónico de bajo grado en el organismo.

En las personas con obesidad, la concentración de estas moléculas inflamatorias en la sangre suele ser elevada. También pueden llegar al tejido articular a través del torrente sanguíneo e influir en diversos procesos celulares. En el tejido cartilaginoso en particular, las sustancias mensajeras que promueven la inflamación pueden aumentar la actividad de las enzimas que degradan el cartílago y, al mismo tiempo, inhibir los procesos regenerativos. Esto deteriora cada vez más la estructura y la función del cartílago articular. Además, el entorno inflamatorio puede influir negativamente en la actividad de los condrocitos, las células responsables del metabolismo del cartílago. Estos cambios contribuyen a la aceleración de los procesos degenerativos en la articulación y a una progresión más rápida de la enfermedad.

Por un lado, el ejercicio ayuda a reducir el porcentaje de grasa corporal, lo que también puede reducir la producción de moléculas proinflamatorias en el tejido adiposo. Además, la actividad física tiene un efecto directo en los procesos moleculares y celulares del organismo. Los estudios demuestran que el ejercicio regular puede reducir la concentración de determinados marcadores inflamatorios en la sangre y, al mismo tiempo, activar vías de señalización antiinflamatorias. El ejercicio también mejora la circulación sanguínea en los tejidos y favorece los procesos metabólicos que ayudan a mantener la función celular.

Otro mecanismo importante se refiere a la regulación de la expresión génica. La actividad física puede activar determinados genes que intervienen en la protección celular, los procesos de reparación y los mecanismos antiinflamatorios. Esto crea un entorno molecular que favorece la estabilidad y la función del tejido articular. Al mismo tiempo, pueden reducirse los procesos que contribuyen al estrés oxidativo y al daño celular. En general, por lo tanto, parece que el ejercicio regular no sólo contribuye al control del peso, sino que también tiene un efecto directo a nivel molecular y, por lo tanto, puede promover la salud de las articulaciones y ralentizar la progresión de la osteoartritis.

Ejercicio antes de la cirugía

Actualmente no existen medicamentos que puedan cambiar el curso subyacente de la artrosis. La cirugía de sustitución articular puede suponer una gran diferencia para algunas personas, pero es una operación importante que no funciona igual de bien para todo el mundo. Entre los fármacos más utilizados se encuentran los antiinflamatorios no esteroideos, que tienen un efecto antiinflamatorio y analgésico. Aunque estos fármacos pueden mejorar la calidad de vida de muchos enfermos, no intervienen directamente en los procesos degenerativos subyacentes de la degradación del cartílago. Por este motivo, se está investigando intensamente en las llamadas terapias modificadoras de la enfermedad, que en el futuro podrían intervenir específicamente en los mecanismos biológicos de la artrosis.

Si las medidas conservadoras como la terapia de ejercicio, la reducción de peso, la fisioterapia y la medicación para el dolor ya no son suficientes, puede considerarse el tratamiento quirúrgico en fases avanzadas de la enfermedad. Una opción habitual es el uso de una articulación artificial, como una endoprótesis de rodilla o cadera. En este procedimiento quirúrgico, se retiran las superficies articulares gravemente dañadas y se sustituyen por implantes artificiales diseñados para reproducir la función de la articulación lo más fielmente posible. Para muchos pacientes, una operación de este tipo puede suponer una mejora significativa de la calidad de vida, ya que se reduce el dolor y se puede recuperar la movilidad y la capacidad de carga de la articulación. Sin embargo, a pesar de estos beneficios potenciales, se trata de una intervención quirúrgica importante que conlleva ciertos riesgos. Entre ellos figuran, por ejemplo, las infecciones, las complicaciones durante o después de la operación y el posible aflojamiento o desgaste del implante con el paso del tiempo. Además, el proceso de recuperación varía de una persona a otra y suele requerir una fase más larga de rehabilitación y fisioterapia para optimizar la función de la articulación. Además, no todos los pacientes se benefician en la misma medida de una prótesis articular. Factores como la edad, el estado general de salud, la fuerza muscular, el peso corporal y el grado de daño articular pueden influir en el éxito de la operación. Por lo tanto, la decisión a favor de una sustitución articular suele considerarse cuidadosamente de forma individual y sólo se toma cuando otras opciones de tratamiento ya no son suficientemente eficaces.

El ejercicio debe ser el primer paso y seguir formando parte del tratamiento en todas las fases de la enfermedad. Conlleva muchos menos riesgos que la cirugía y tiene beneficios para la salud que van más allá de las articulaciones. La artrosis no se limita a unas articulaciones «desgastadas». En ella influyen la fuerza muscular, la inflamación, el metabolismo y factores relacionados con el estilo de vida. El ejercicio regular y estructurado afecta a muchos de estos factores simultáneamente, ayudando a proteger el cartílago, a sostener toda la articulación y a mejorar la salud en general. Antes de decidirse por la cirugía, el ejercicio sigue siendo uno de los tratamientos más eficaces.

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