Un estudio concluye que no es necesario adelgazar para revertir la prediabetes

Durante años, la prevención de la diabetes se ha asociado estrechamente a un objetivo principal: perder peso. Sin embargo, una nueva investigación ha puesto en entredicho este supuesto tan arraigado. Siempre se ha aconsejado a las personas diagnosticadas de prediabetes -una enfermedad que afecta hasta a uno de cada tres adultos en función de su grupo de edad- que coman más sano y adelgacen para reducir su riesgo. Este mensaje ha permanecido prácticamente inalterado durante décadas. Sin embargo, los resultados son desiguales. Las tasas de diabetes siguen aumentando en todo el mundo, y muchas personas con prediabetes tienen dificultades para alcanzar sus objetivos de pérdida de peso. Como resultado, a menudo se sienten desanimadas mientras su riesgo sigue siendo alto.

Remisión de la prediabetes sin pérdida de peso

La prediabetes es un estado previo a la diabetes de tipo 2 en el que los niveles de glucosa en sangre ya son elevados, pero aún no lo suficiente como para cumplir el diagnóstico de diabetes. En esta fase, la capacidad del organismo para regular la glucemia ya está alterada. Suele haber resistencia a la insulina, lo que significa que las células del organismo ya no reaccionan suficientemente a la hormona insulina, que normalmente se encarga de que las células absorban el azúcar de la sangre.

Como resultado, queda más glucosa en el torrente sanguíneo, lo que puede provocar daños a largo plazo en los vasos sanguíneos y los órganos, aunque todavía no se aprecien síntomas claros. De hecho, la prediabetes suele pasar desapercibida, ya que los afectados suelen sentirse sanos. No obstante, esta afección es importante desde el punto de vista médico porque aumenta significativamente el riesgo de desarrollar diabetes de tipo 2 más adelante. Las enfermedades cardiovasculares también son más frecuentes en este contexto.

Nuevos hallazgos publicados en Nature Medicine apuntan en otra dirección. La investigación demuestra que la prediabetes puede entrar en remisión -lo que significa que los niveles de azúcar en sangre vuelven a la normalidad- incluso sin pérdida de peso. De hecho, aproximadamente una de cada cuatro personas que participaron en programas de estilo de vida consiguió normalizar su glucemia sin perder peso. Lo más sorprendente es que este tipo de remisión ofrece la misma protección contra el desarrollo posterior de diabetes que una remisión lograda mediante la pérdida de peso. Estos hallazgos podrían cambiar significativamente la forma en que los médicos enfocan el tratamiento de las personas obesas o con sobrepeso de alto riesgo. Pero, ¿cómo puede mejorar la glucemia sin perder peso, o incluso ganándolo?

Por qué la distribución del tejido adiposo es más importante que el peso

La respuesta parece estar en el lugar del cuerpo donde se almacena la grasa. No toda la grasa tiene el mismo efecto sobre la salud. La grasa visceral, que rodea los órganos internos en lo más profundo del abdomen, es especialmente perjudicial. Favorece la inflamación crónica e interfiere en la acción de la insulina, la hormona responsable de regular el azúcar en sangre. Si la insulina no funciona correctamente, el nivel de azúcar en sangre aumenta.

En cambio, la grasa subcutánea -la que se encuentra justo debajo de la piel- puede favorecer un metabolismo más sano. Este tejido adiposo es mucho más «inofensivo» metabólicamente y puede incluso tener propiedades protectoras. Hasta cierto punto, sirve de almacén seguro para el exceso de energía. Y lo que es más importante, la grasa subcutánea libera ciertas hormonas (adipoquinas) que tienen un efecto antiinflamatorio y pueden mejorar la sensibilidad a la insulina. Esto favorece el procesamiento del azúcar en el organismo en lugar de alterarlo. Este tipo de grasa libera hormonas que ayudan a la insulina a trabajar de forma más eficaz.

El punto clave es la distribución de la grasa, no sólo la cantidad. Dos personas con el mismo peso corporal pueden tener un riesgo de enfermedad metabólica completamente distinto según tengan más grasa visceral o más grasa subcutánea. Las investigaciones sugieren que los cambios en el estilo de vida pueden provocar una especie de «redistribución»: La grasa se reduce de los depósitos viscerales y se almacena cada vez más en el tejido subcutáneo. Aunque el peso corporal siga siendo el mismo, el metabolismo mejora. El organismo vuelve a ser más sensible a la insulina, los procesos inflamatorios disminuyen y la glucemia puede normalizarse. Esto podría explicar por qué algunas personas mejoran su prediabetes o incluso la hacen remitir sin perder peso.

La calidad de la grasa también influye: la capacidad de las células adiposas para absorber y almacenar nueva energía es crucial. Si el tejido adiposo subcutáneo se mantiene «receptivo», puede amortiguar el exceso de energía y evitar así que la grasa se acumule en lugares desfavorables como los órganos o el abdomen. El estudio descubrió que las personas que revirtieron su prediabetes sin perder peso tendían a desplazar la grasa lejos de sus órganos abdominales y hacia zonas bajo la piel, aunque su peso total no cambiara.

Hormonas que ayudan a regular el azúcar en sangre

Los investigadores también identificaron un componente hormonal. Las hormonas naturales similares a las que actúan fármacos como Wegovy y Mounjaro (utilizados para tratar la obesidad y la diabetes de tipo 2) desempeñan un papel importante. Estas hormonas, en particular la GLP-1, ayudan a las células beta del páncreas a liberar insulina cuando aumentan los niveles de glucosa en sangre. Las personas que lograron la remisión sin perder peso parecían potenciar de forma natural este sistema hormonal al tiempo que reducían la influencia de otras hormonas que aumentan los niveles de glucosa.

Estos hallazgos ofrecen una orientación práctica. En lugar de centrarse únicamente en el número de la báscula, las personas con prediabetes pueden beneficiarse de estrategias que influyan en la distribución de la grasa en el organismo. Ciertos hábitos dietéticos pueden ayudar. Los ácidos grasos poliinsaturados, presentes en la dieta mediterránea con su abundancia de aceite de pescado, aceitunas y frutos secos, pueden reducir la grasa visceral. Además de la calidad de la grasa, el contenido en fibra de la dieta también es crucial. La fibra ralentiza la absorción de azúcar en la sangre, estabiliza los niveles de azúcar en sangre y tiene un efecto positivo en la salud intestinal. A su vez, una función intestinal saludable está estrechamente relacionada con los procesos hormonales que regulan el metabolismo. Una ingesta adecuada de proteínas también puede ser útil, ya que favorece la saciedad, mantiene estables los niveles de azúcar en sangre y contribuye a mantener o aumentar la masa muscular.

La actividad física potencia aún más estos efectos. En particular, el entrenamiento de resistencia, como caminar a paso ligero, montar en bicicleta o nadar, ha demostrado ser eficaz para reducir la grasa visceral, la grasa metabólicamente activa del abdomen. Esta grasa está estrechamente relacionada con la resistencia a la insulina y los niveles elevados de azúcar en sangre. Incluso el ejercicio moderado regular puede aportar mejoras significativas en este sentido. El entrenamiento de fuerza también desempeña un papel importante, ya que el tejido muscular puede absorber la glucosa de la sangre y, por lo tanto, contribuye activamente a reducir los niveles de azúcar en sangre. Por lo tanto, más masa muscular significa también una mejor regulación de la glucemia. Curiosamente, el ejercicio no sólo influye en el consumo de energía, sino también en los procesos hormonales. La actividad física regular puede mejorar la secreción natural de GLP-1, aumentar la sensibilidad a la insulina y, al mismo tiempo, reducir las hormonas del estrés que, de otro modo, provocarían un aumento de los niveles de azúcar en sangre.

En general, se ha demostrado que una combinación de dieta equilibrada y ejercicio regular puede lograr cambios profundos en el metabolismo. Éstos se refieren en particular a la reducción de la grasa visceral, la mejora de la acción de la insulina y la regulación de hormonas importantes. Como resultado, el nivel de azúcar en sangre puede normalizarse, aunque el peso corporal siga siendo el mismo. Esto pone de relieve que lo decisivo no es sólo el número en la báscula, sino sobre todo los procesos metabólicos internos, en los que pueden influir específicamente los factores relacionados con el estilo de vida.

Un cambio en la estrategia de prevención de la diabetes

Esto no significa que deba ignorarse la pérdida de peso. Perder peso sigue favoreciendo la salud en general y reduce el riesgo de diabetes. Sin embargo, las investigaciones sugieren que normalizar los niveles de glucosa en sangre debería ser el objetivo principal, independientemente de que se produzcan cambios en el peso. Para muchas personas que han tenido dificultades con los programas tradicionales de pérdida de peso, esto abre la posibilidad de conseguir mejoras significativas mediante cambios metabólicos en lugar de centrarse únicamente en el peso. Es posible que los profesionales sanitarios también tengan que ampliar su enfoque. El seguimiento de las mejoras en los niveles de glucosa en sangre y el fomento de la redistribución de la grasa mediante dietas y ejercicios específicos podrían ofrecer estrategias alternativas a los pacientes que tienen dificultades para perder peso.

Las implicaciones de estos hallazgos van mucho más allá de los pacientes individuales. La diabetes es uno de los problemas de salud de más rápido crecimiento en todo el mundo y afecta a cientos de millones de personas. La constatación de que la prediabetes puede mejorar sin pérdida de peso abre nuevas oportunidades de prevención a escala mundial. También desplaza la atención del peso corporal a la salud metabólica. Esto significa que factores como la sensibilidad a la insulina, la distribución de la grasa, los niveles de inflamación y la regulación hormonal cobran cada vez más importancia. En la práctica, esto significa que ya no se juzgará a las personas únicamente por cuánto pesan o cuánto adelgazan, sino por cómo se desarrollan sus procesos metabólicos internos.

Este enfoque tiene varias consecuencias importantes. En primer lugar, puede hacer que la prevención sea mucho más accesible. Muchas personas fracasan con dietas estrictas o encuentran desmotivador centrarse en la pérdida de peso. Si, en cambio, se hace hincapié en objetivos como mejorar los niveles de azúcar en sangre, hacer más ejercicio o lograr una distribución más favorable de la grasa, las intervenciones suelen ser más realistas y sostenibles. Esto puede llevar a que más personas tomen medidas tempranas y eviten así la progresión de la prediabetes. En segundo lugar, este enfoque permite una mayor individualización del tratamiento. Dado que los distintos mecanismos biológicos -como la grasa visceral, la desregulación hormonal o la resistencia a la insulina- pueden estar en primer plano, las medidas pueden seleccionarse de forma más específica. Algunas personas se benefician especialmente de los cambios dietéticos, otras más del ejercicio o de la reducción del estrés. Esto hace que el tratamiento sea más preciso y potencialmente más eficaz.

En tercer lugar, esto también tiene implicaciones sociales y de política sanitaria. Los programas de prevención podrían tener un alcance más amplio y promover no sólo la pérdida de peso, sino también estilos de vida saludables en general, como la actividad física en la vida cotidiana, el acceso a una dieta sana o la gestión del estrés. Esto puede suponer una gran diferencia, especialmente en poblaciones de alto riesgo. Por último, esta perspectiva también abre nuevas oportunidades para la investigación y el desarrollo de terapias. Con una comprensión más clara de los mecanismos que contribuyen a la remisión de la prediabetes -como los cambios en la distribución de la grasa o la regulación hormonal- pueden desarrollarse intervenciones más específicas, tanto en el ámbito del estilo de vida como de la medicación.

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